jueves, 19 de agosto de 2010

Cuando estemos juntos de nuevo.

Cuando estemos juntos de nuevo te llenaré de besos;
tocaré cada espacio de la geografía nítida de tu cuerpo.
Estoy listo para amarte despacio, sin prisas.
Saboreando cada olor que es únicamente
tuyo mi amada flor de jazmín.

Hecho de menos tu boca, tus dientes blancos como el coco.
Tu mirada limpia que me vuelve loco y tus besos (…)
¡Oh! tus besos con saliva espesa que me indican que estás en celo,
lista para el sublime acto en el cual no solo nuestros cuerpos se funden
sino también nuestras almas.

Se, que en el mundo de los espíritus
tú y yo éramos amantes.
¿De qué otra forma puedo explicar que
te amo desde siempre?
Siento que te amo desde que tú y yo éramos
solo polvo cósmico.
Una partícula elemental en el infinito desorden de la primera explosión atómica.

Ahora que somos carne, huesos y sangre
quiero amarte con todos mis sentidos.
Tocarte y sentir tu suave piel nacarada
excitando mi cuerpo.

Saborear tus pezones erectos que piden
a gritos el roce de mi lengua.
Verte desnuda y extasiarme en el cuenco de tu ombligo,
oler tus cabellos mojados con sudor y feromonas.

Finalmente escuchar tus jadeos de hembra satisfecha.
Cuando alcances el clímax las veces que te de la gana.
No demores en venir amada mía.

Este corto tiempo me sabe a siglos de oscurantismo.
La vida nada es sin tu amor y tu grata compañía
siempre me conforta.

Mírame a los ojos y dime que me amas,
me basta para saber que eres mía,
sólo mía y es el maná para mi alma.

Desesperadamente busco en mí psique
los momentos sublimes que he vivido a tu lado
y descubro con asombro y arrobado.
Que los mejores años de mi vida los he vivido contigo.

Cuando estemos juntos de nuevo te amaré día y noche,
las veinte y cinco horas del día porque el tiempo es corto, miserable,
y nuestro amor es sempiterno.
Te amo sin mesura, cuando estemos juntos de nuevo te amaré toda la vida.

Reno Nevada
Julio 20 2007

jueves, 5 de agosto de 2010

El pino embrujado

El pino embrujado.

¡Te digo que no estoy loco!
Hay personas que suelen tildar de locura
lo que no logran comprender.
Si te digo que el pino aquel estaba embrujado
es porque efectivamente lo estaba y no solamente
me di cuenta de eso yo, sino que induje a mis amigos
a hacer el experimento.
Era una madrugada de enero 1990, el viento soplaba
helado como cien miel cuchillos afilados
penetrando por cada poro de la piel.
Yo era la primera guardia de aquel grupo que a las afueras
de la escuela militar velábamos el sueño de nuestros compañeros.
Había una cortina de pinos del lado oeste de la escuela
que se encontraba enclavada en una pequeña colina de formaciones calizas.
Aquellos frondosos pinos daban una sombra sobrecogedora que incitaba
parar un rato por allí y explayar la mirada en lontananza tratando de
averiguar donde empezaban y terminaban aquellos plantíos interminables de toronjas.
Entregué mi guardia sin novedad que lamentar o comentar,
tenía un deseo inexplicable de amanecer dormido bajo aquellas
magníficas coníferas.
Solo el tiempo sabía la cantidad de años que aquellos gigantes
estaban allí impertérritos soportando vientos, frío, calor y alguna
que otra oruga horadando su corteza hasta llegar
al corazón mismo de la vida, la médula que lo había sostenido largo tiempo enhiesto.
Eran verdaderos titanes del tiempo,
habían cubierto el suelo con una espesa cama
de sus hojas secas que parecían ocres y oxidados alfileres,
aún así me acosté haciendo una almohada con el abrigo espeso que traía conmigo,
me quedé dormido al poco rato, aún sentía el suave olor a brea
que estaba anestesiando mi cerebro, al fin quedé desprendido de mi cuerpo
flotando en una suave bruma de olores e imágenes.
Dos amantes desnudos rodaban por el colchón de hojas secas,
se besaban con frenesí y con apuro.
El alba estaba a punto de despuntar en el horizonte rompiendo la noche,
el silencio era roto por un ensordecedor ruido metálico
que resonaba torturando en el aire y la suave quietud de las aves se agitaba con sus corazones a punto de salir por el pico.
Era un lamento, un adiós, los amantes se vestían con prisa,
besándose por enésima vez, haciendo promesas y deseando un pronto encuentro.
¿Cuando te volveré a ver? Dice ella.
No se, tal vez la próxima semana.
EL chico olía a sudor de militar asediado por las circunstancias,
ella desprendía un suave olor de azucenas frescas,
fragante con su cuello estirado buscaba el postrer beso que llegó como un relámpago iluminando la madrugada que aún no se retiraba.
Los amantes parecían dos luciérnagas danzando en el aire,
la cópula había terminado no obstante en el aire los estambres aún revoloteaban, los cuerpos húmedos por el sudor y el rocío se apretaban por ultima vez y ella mira como se aleja su Alejandro Magno, sube una pequeña colina, alcanza con dificultad la cima y
voltea el cuerpo, agita su mano en señal de saludo y se pierde
entre la neblina que aún no se disipa.

Así pasaron los meses y aquél árbol era mudo testigo de aquellos encuentros furtivos,
quería hablar, gritar.
Solo alcanzaba a emitir un murmullo,
quería contar lo que sabía pero no encontraba la forma.
Las ramas se frotaban una contra otra imitando el movimiento ondulante de aquellos amantes que al pie de su gran sombra olvidaban el tiempo, se amaban ciegos
de placer explorándose cada milímetro del cuerpo, grabando en la memoria
cada recodo de la piel y guardando cada ruido y jadeo como una joya preciosa.

Alguien me golpeo fuertemente las costillas con su bota, casi sin aire me incorporé y me di cuenta que ya era sábado, había dormido seis horas y todo mi cuerpo estaba mojado.
No conté a nadie del sueño por días, solamente invitaba a mis amigos
a quedarse dormidos bajo aquel árbol y después los interrogaba.
Cada día el grupo se hacía más numeroso, al dormir bajo su influencia todos experimentábamos el mismo tipo de sueño, ya sabíamos que no era una alucinación.
Aquel pino estaba realmente embrujado, así lo creíamos entonces.
Hasta que me encontré en el Facebook a la chica del sueño, veinte años después me contó todo lo que yo sabía y había visto, solo para honrar en mi memoria al viejo pino que habiendo visto tantos cuerpos desnudos y tantas promesas de amor eterno optó por fusionar los espíritus de los amantes en uno solo que le regala en forma de sueño a todo aquel que tiene la dicha de tomar una siesta bajo su hermoso follaje.
Ya no hay tantos jóvenes extranjeros y atrevidos en la Isla de la Juventud.
¿Qué será de mi viejo amigo el pino?
Ojalá que esté vivo aunque muerto de aburrimiento.
¿A quién le contará sus glorias pasadas?
Dios quiera que no termine hecho leña en el fuego de un guajiro o algún incendio forestal,
Dios quiera que pase por allí aunque sea una liebre o un perro jíbaro y tenga la dicha de
poder recostar su cabeza en aquel montón de hojas que parecen alfileres ocres oxidados.

Julio 25, 2010
Reno Nevada
PD
Aquí también hay pinos y por eso me acorde de mi amigo.

El pino embrujado

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